Influencers... por qué lo llaman amor

Despertarse un día y aparecer citada en varios periódicos de prensa nacional no es habitual. Me ocurrió el domingo 11 en ABC y en El País+Cinco Días.

abc

En ambos hablaba de Educación, uno más centrado en la vuelta al cole con TICs y el otro en las Escuelas de Negocio incluyendo la particularidad de EOI como pionera de mobile learning.

cincodias

Pero lo más curioso es que al día siguiente recibiera una llamada al trabajo de una empresa francesa para presentarme un nuevo software educativo a raíz de haber leído mi nombre en la prensa del fin de semana. No me sorprende, trabajo en Comunicación y conozco los canales del Marketing, pero no deja de hacerme sentir extraña cuando me sucede a mí y, en cierta manera, incluso invadida.

Influencers de caja

Es simplemente una excusa, pero me sirve para hacer una reflexión en voz alta sobre esto de los “influencers” y confesar conflictos internos que me genera.  Por supuesto, me halaga poder llegar a ser influyente en las ideas que defiendo o en los valores que comparto, pero no puedo evitar que el término me genere rechazo en lo personal. No lo niego. Siempre que comunicamos, queremos sintonizar con otras personas en esos universos compartidos. A todos nos gusta ser leídos y ser queridos, pero oigo “influencer” y no puedo evitar pensar en ese subconjunto, afortunadamente no son todos, más cercano al mercenario con traje de camuflaje que ofrece su rifle al mejor postor. A veces lo llaman branded content, que queda más fino.

Vivir del blog

Veo muy legítimo monetizar un medio propio como es un blog a través de publicidad, aunque yo no lo haga a pesar de que mi bolsillo se resiente cuando toca renovar el hosting, pero conocer de primera mano cómo están operando algunos “influencers” profesionalizados me entristece mucho por lo que se ha llegado a pervertir este noble arte de la comunicación personal. Hablar de esto hace diez años en plena inocencia de los blogs era una cosa, cuando nos sentíamos puros y nos escandalizaba la traición del contenido pseudo-independiente, pero hoy con la naturalización de youtubers, bloggers a sueldo y demás francotiradores, la anestesia es tal que no solo no indignan las fórmulas sino que se consideran normales e incluso aspiracionales (¿quién no quiere tener un canal, conseguir seguidores y que las marcas nos paguen por decir lo fantásticos que son sus productos…?).

La seducción de lo “personal”

Entre todos nos hemos cargado la belleza de lo personal como sinónimo de independiente: las marcas pagando precios sin criterio ni tarifa transparente a bloggers/youtubers/instagramers por mencionar su producto de aquella manera, los beneficiados con un modus vivendi que a veces roza lo extorsionador cuando amenazan con lo contrario (y nos quejábamos de los viejos vicios de la prensa tradicional) y el público con su apasionada entrega sin actitud crítica.

Cuando media el vil metal, todo se acaba confundiendo. De escribir de algo porque te parece interesante, a querer cobrar por ello y ya nunca más verlo interesante por sí mismo. Cuando estás al otro lado, en un departamento de comunicación también lo ves muy claro, a diario le envías información a un medio y directamente te dicen que si no pones publicidad no tiene espacio. Y lo mismo está ocurriendo con bloggers y demás fauna de entrepreneurs de self-service.

¿Una visión demasiado romántica? Quizás. Habrá quien diga que todo es legítimo, que es natural, que todo tiene un precio, que me ha caído de un guindo… Pero yo echo de menos un poco más de ética, más disclosures, más respeto a la credibilidad, más criterio propio y menos contaminación de lo económico. Todos ganamos. Como siempre, a falta de transparencia, solo nos queda educar en el pensamiento crítico. Y tan crítico.